Nota: Todas las fotos de este post han sido tomadas a escondidas con un teléfono móvil. Las dos primeras pertenecen a un hospital gubernamental y la tercera a la consulta de mi ginecólogo.
El recién inaugurado aeropuerto de Fiumicino estaba todavía a medio gas. Tiendas en obras, muchas otras ni siquiera eso. El vuelo hacia El Cairo salía con retraso, tres horas, y ni tan solo había un sitio en el que tomar un triste café. Recuerdo que poco me importó, bastante tenía con observar a aquella gente que volaría conmigo a la capital de Egipto. Hombres en galabeya y mujeres cubiertas de la cabeza a los pies, junto con otras, vestidas a la occidental pero que también hablaban árabe. Italianos, españoles, egipcios, africanos… Yo sólo pensaba en cómo sería todo esto. La gente. El trabajo. ¿Sería capaz de adaptarme? ¿Haría amigos? ¿Podría valérmelas por mí misma? Muchas preguntas que pronto tendrían respuesta, pero entre ellas no figuraba el tema sanitario. Claro que a los 23 años esas cosas no preocupan mucho.
Hace unos meses conocí a una pareja, ella napolitana, él sevillano, que venían de vivir cuatro años en Jerusalén, para pasar tres más en Egipto. El Cairo impresiona a primera vista y medio acongojados me contaron la historia de una española que llamó a uno de los mejores hospitales de El Cairo porque su compañero ardía de fiebre. El médico que mandaron, a la una de la mañana, quiso introducir la manguerita que hay en todos los cuartos de baño árabes al lado del inodoro para limpiarse después de hacer tus necesidades, por el ano de su compañero para bajar la fiebre. Ante la negativa de la pareja y tras varios intentos de bajar la fiebre del pobre chico con el aire acondicionado a 15 grados y toallas empapadas en agua fría y alcohol, el médico lo metió en la ducha desnudo con la esperanza de que así dejara de subir la fiebre. Hasta aquí todo bien. Pero la española se comenzó a mosquear cuando el médico se desnudó también y se metió en la ducha para acompañar el remojón con friegas de alcohol. La pobre no dijo nada porque el susto le impidió reaccionar. Tampoco decidió cortar la situación cuando el médico le pidió insistentemente a ella que se desnudara también, para evitar un constipado motivado por la ropa empapada. Es más, estuvo a punto de ceder a las presiones si no hubiera sido porque su compañero tuvo un momento de lucidez en medio del deliro febril y articuló un “ni se te ocurra”. La chica, que apenas llevaba unos meses en El Cairo se quedó de piedra cuando el médico, sentado en la alfombrilla de su baño, totalmente desnudo, le enseñó una cicatriz que había en su pene y dijo: “¿Ves? Este corte me lo hizo mi primera mujer cuando se enteró de que me casé con la segunda”. Por entonces la fiebre de su compañero ya no subía y podían darle algún antipirético para bajarla aún más. Ella sólo quería que aquel médico saliera de su casa e irse a dormir. El diagnóstico fue disentería, algo que a ella le sonó a enfermedad de galeón español del XVI. El médico abandonó el piso de la joven pareja a eso de las 5 de la madrugada y ellos, totalmente exhaustos, se fueron a dormir. Al día siguiente la española fue a comprar las medicinas pero se percató de que las recetas no eran del hospital al que había llamado y decidió hablar con sus amigos. Al tiempo que iba relatando la historia iba siendo consciente de la situación. Tardó más de 12 horas en reaccionar. Sus amigos querían matarla por no haberlos avisado esa misma noche, pero ella no quería molestar a nadie. El médico volvió a los dos días a ver cómo seguía el paciente. Por entonces ya sabían que ese médico había sido expulsado del hospital por acoso sexual y que estaba compinchado con el recepcionista para que, en el caso de que llamara algún extranjero, mandarlo a él y así repartirse las ganancias. La pareja recibió las disculpas del hospital, al tiempo que les rogaban que no les denunciaran porque esa semana habían violado a una extranjera y eso era muy mala publicidad para el país. Como se iban a España en pocos días y puesto que bien está lo que bien acaba y el tratamiento para la disentería funcionó, decidieron dejarlo correr.

Después de varios años por aquí una ya sabe que este mundo del arabismo o de los expatriados que circulan por el mundo árabe es extremadamente pequeño, pero lo que no me podía imaginar es que mi primera experiencia con un médico egipcio hubiera traspasado fronteras de esa manera. Es cierto que durante un par de años todo el mundo nos pedía que les volviéramos a contar “la historia del médico nudista”, pero nunca imaginé que nuestra historia se convirtiera en uno de los capítulos fuertes de la antología de cairotadas que circulan entre la colonia de expatriados.
Ahora me encuentro en una de las ciudades más contaminadas del mundo con algunos años más a la espalda y la constatación de que para lo bueno y lo malo vivo aquí. Ya no es como cuando era lectora y pasaba casi 5 meses en España. Si me pongo enferma tengo que ir al médico aquí y eso, como habréis podido comprobar, es toda una aventura. Por suerte la experiencia es un grado y ya tenemos ginecólogo, médico de cabecera y todas esas cosas de confianza. Esta última semana, por desgracia, he tenido que hacer uso del seguro médico y darme una vueltecita por consultas y laboratorios de análisis. La parte buena es la rapidez. Si tienes dinero, o seguro, claro está, en pocas horas tienes el resultado de todos los análisis y pruebas imaginables.
Eso sí, el folklore no te lo quita nadie. Estábamos la semana pasada en la consulta del ginecólogo a eso de las once y media de la noche. Sí, aquí este horario es normal. Por suerte éramos los siguientes en entrar cuando nos pusimos a escuchar la conversación que llevaban cuatro mujeres y un hombre con las “enfermeras-recepcionistas” de la consulta. Que mi ginecólogo es musulmán, muy musulmán, lo comprobé el primer día. En la parte superior de las recetas, justo antes de su nombre y las múltiples asociaciones médicas de EEUU a las que pertenece se puede leer en árabe a modo de presentación “en el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso”. La consulta está adornada con cuadros de azoras del Corán y otro cuadro con los 99 nombres de Alá, aunque también hay una televisión en la que a todo volumen puedes ver películas cómicas de ínfima calidad para deleite de maridos y pacientes que esperan su turno. Pues en este contexto, y con la clientela que podéis imaginar, llegaron cuatro mujeres, dos viejas, dos jóvenes, una de ellas jovencísima y embarazada, junto con un hombre calvo, también joven, que vestía galabeya y que llevaba en la mano un llavero de plata con las llaves de un Mercedes. La más vieja preguntó a la “enfermera-recepcionista” gorda (ver la foto) que cuántos podían entrar a la consulta. Dedujimos que iban a hacerle a la embarazada la ecografía en la que sabrían si llevaba un niño o una niña. La “enfermera-recepcionista” dijo que dos personas, ella y un acompañante. Inmediatamente se pusieron a discutir y a rogar que les dejaran entrar a todos. La “e-r” se negaba en redondo y decía que no había sillas suficientes y que eran órdenes del doctor, poniendo a la familia en la tesitura de decidir quién entraba. Para ello, tras mucho discutir y como estamos en Egipto la “e-r” preguntó al hombre: “¿Quién quiere usted que entre?”. El hombre que se reía a carcajada limpia, mutó su rostro y muy serio dijo: “cuatro. Ella (por la embarazada) y yo, su madre y mi madre”. De nada sirvieron las explicaciones de la “e-r”. Él era el hombre y había decidido lo que había decidido. A todo esto, a nosotros nos sobraba una mujer o nos faltaba un marido o quizá la otra mujer joven que no estaba embarazada era también mujer del calvo de galabeya. En esas estábamos cuando por fin entramos a la consulta. Al final nos quedamos sin saber quién entró y quién era la mujer joven no embarazada. Una pena.

Pero a parte de estos toques folclóricos, para lo que me ha servido esta semana “médica” ha sido para no olvidarme y valorar más aún si cabe, la suerte que tengo de contar con un buen seguro, y un buen trabajo que me permiten elegir médico y hospital. ¡Cuántas personas no pueden ni siquiera ir al médico en este país! A estas alturas debería ser obligatorio que los estados ofrezcan a TODOS sus ciudadanos un buen sistema sanitario. Se nos debería caer la cara de vergüenza y sin embargo no es así.











Estábamos esta tarde tomando tranquilamente un café en casa con Hassan, cuando ha salido a relucir el tema de la “españolidad o marroquicidad” de Ceuta y Melilla. Hassan ve el tema bastante claro: Ceuta y Melilla fueron conquistadas a la fuerza y por lo tanto son marroquíes. 